Mostrando las entradas con la etiqueta gustavo sala. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta gustavo sala. Mostrar todas las entradas

8 de enero de 2009

Gustavo Sala en Página/12

HISTORIETA > LA CANDIDA REVULSION DE GUSTAVO SALA
Entre el bife angosto y el baño
Irreverente y cándido, cínico e infantil, Gustavo Sala tiene una misión entre ceja y ceja: molestar aunque sea un poco en una época en que ya nada parece molestar lo suficiente. Cada mes con “El baño”, publicada en las páginas de Fierro y cada semana con la tira que publica en el suplemento NO de este diario (ahora recopilada en el libro Bife Angosto), sus historias que cruzan lo escatológico, el cine clase B y el rock a lo Peter Capusotto, empujan un poco más el límite de lo absurdo y lo demencial. Y no piensa parar hasta que alguien se enoje.

Por Mariano Kairuz
Todos los meses lo mismo: abrir la revista e ir corriendo a “El baño”. La mejor historieta de la actual etapa de la Fierro es ese monstruo deforme y escatológico –que así se llama, que por ahí pasa inevitablemente: “El baño”–, engendrado por el marplatense Gustavo Sala. Una bestia imprevisible que casi siempre parte de una premisa parecida –alguien quiere, o peor aún, necesita con urgencia usar un inodoro, y no puede– para derivar cada vez en mil direcciones diferentes: puede pasar que el protagonista se encuentre con una revolución de las lozas sanitarias unidas, o que se vea obligado a casarse con Ignacio Copani y adoptar con él un hijo, o a atravesar infinitas puertas interdimensionales que llevan a nuevos encuentros; con dinosaurias ninfómanas, extraterrestres de largos y deformes miembros viriles, inesperadas muertes y reencarnaciones, un mundo habitado por medialunas parlantes o un perro de materia fecal, entre otras ordinarieces extraordinarias. Así son las cosas en “El baño”: no sólo es la mejor entrada posible a la revista Fierro de cada mes, también es una de las puertas de la percepción. O algo así.

La otra creación inevitable de Sala es la tira que publica jueves a jueves desde hace tres años en el suplemento NO: unos cuatro cuadritos semanales que muchas veces giran alrededor del fanatismo rockero (y la quemazón mental en general), y que acaban de ser compilados por primera vez por editorial De la Flor bajo el título Bife Angosto. También acá abundan la escatología pesada y los fluidos corporales (y las referencias a Ricardo Arjona), lo que lleva a preguntarse de qué se alimentará este dibujante. Hay algo de generación espontánea en las tiras de Sala, lo que no significa que se inventen solas sino que su autor apareció hace más o menos una década junto con la generación más espontánea que haya conocido la historieta argentina moderna. La de Fayó, Podetti, la del recordado y admirado Danny The O: los que descubrieron a Robert Crumb, el padre del under sucio norteamericano en sus infancias o sus adolescencias, y decidieron ensuciarse un poco como él. De ahí será que salen esos dibujos con caca de perro, caca humana, caca alienígena; los músicos y su público a veces un poco trastornado; y el baño público o privado convertido en un microcosmos.

Y si Sala (Mar del Plata, 1973) leyó a Crumb, antes leyó Lucky Luke (“y todos esos libros europeos que entonces eran accesibles y hoy son un lujo prohibitivo”), y a Patoruzú y a Isidoro, y parte de su aprendizaje tuvo que ver con superar a algunos de ellos, con dejarlos atrás. “También leía todo ese material español que llegaba en los ’70 y a principios de los ’80”, recuerda. “Y un día me di cuenta de que Patoruzú era un boludo que no tenía ningún costado sensible ni ninguna flaqueza y me fui con unos 70 ejemplares a un canje, y los vendí. Me acuerdo de que me dieron cuatro australes con los que fui a una disquería y me compré No se necesita llevar saco, ese casete de Phil Collins que tenía en la tapa su cara roja como si hubiera tomado sol en Punta Mogotes, y que incluía temas como ‘Sussudio’ y ‘One More Night’”, especifica, como parte de un recorrido muy autoconsciente por una adolescencia que tiene muchas paradas en estaciones musicales que hoy suenan demasiado retro, y que de alguna manera contribuyeron a darles forma a sus viñetas sobre lo deforme. “Si tengo que rescatar algo de lo que fui muy fan en mi infancia, es una revista española llamada Pulgarcito, de formato cuadrado pequeño, y cuya principal historieta era justamente ‘Pulgarcito’, dibujada por Jan, una leyenda de España. Ese material después se perdió, y hoy es algo que me encantaría recuperar. Aunque con los años fui comprobando que a veces la nostalgia te puede jugar en contra. Hoy hay mucho rescate, demasiado culto retro, a los ’80. Por ejemplo: yo era muy fan de Miguel Mateos: Rocas vivas, el tema ‘Llámame si me necesitas’. Spinetta, Don Cornelio, Sumo, me resultaban más difíciles, así que mi índice en la vida musical eran Soda, Zas y Virus. Y hace dos años lo volví a ver a Mateos en el Auditorium de Mar del Plata, más como un ejercicio de curiosidad, viendo qué me pasaba veinte años después frente al tipo que a los 15 me había quebrado la cabeza. Y no era el mismo él y no era el mismo yo, y a veces conviene quedarse con las cosas como están en la memoria.”

Y si soltarle la mano al indio de Dante Quinterno tuvo que ver con un proceso de maduración, lo que nunca llegó a interesarle demasiado, dice, fue la historieta de aventuras “realistas”, el western, la bélica y esos otros santuarios del comic criollo de los ’50 y los ’60. “También es cierto que me acerqué más al humor porque me sentía más cómodo dentro de mis limitaciones y con el dibujo más intuitivo que manejo, que me permite moverme más fácil en la deformación y el grotesco”, dice Sala. El resto es un poco, cuenta, la historia de siempre: “Está ese estereotipo del que en la primaria y en la secundaria era el perdedor, no tenía habilidades deportivas, le iba mal con las minas, era rechazado, y que todo ese rechazo y odio visceral a la sociedad lo volcaba en el dibujo”, dice y eso que dice podría cuadrarle un poco al propio Crumb. “No digo que ése fuera mi caso, pero la verdad es que nunca tuve ninguna habilidad deportiva, y cuando de chico no te interesa el fútbol, te da mucho tiempo para otras cosas. Yo era, al final, el que dibujaba las láminas de las trompas de Falopio o el sistema digestivo para la escuela. Y al final, sí... pasa que de pendejo también puede ser una descarga vital: lo que no hablás y no hacés, lo dibujás, lo volcás en una hoja mientras el profesor explica trigonometría.”

Fue a mediados de los ’90 que Sala empezó a tratar de inventarse un lugar y un medio de vida a partir de esas “descargas vitales”; y en medio del hueco que dejó la desaparición de Fierro –que suplieron como pudieron ediciones independientes más o menos profesionales–, hizo lo que hicieron muchos de su generación: editó un fanzine llamado Falsa Modestia. “Si hay algo que aúne a esta gente como generación puede que sea el haber introducido cierta escena punk en la historieta; una nueva escuela sucia y violenta, con algo de cagarse un poco en todo. Que, ojo, no es lo mismo que hacer cualquier cosa.” Con algo de ese mismo espíritu lleva adelante desde hace siete años un trabajo como humorista en Rock & Pop Mar del Plata, y escribe y actúa junto al periodista Pablo Vasco los monólogos para el espectáculo teatral Afeitándose en Alemania. Mientras que, contra las expectativas de muchos de sus fans, las canciones de su banda Los Dentistas Tristes no son para nada en chiste. “Somos sólo dos tipos parados –con mi amigo demente Gonzoide– haciendo punk y pop y canciones chiquititas, pero no humorísticas a lo Pipo Cipolatti. Son diferentes maneras de molestar y de ocupar lugares, tratando de combatir el ostracismo del trabajo de dibujante.” Tratar de molestar, de eso se trata; una misión cada vez más difícil. Como lo prueba el que los protagonistas de sus tiras de Bife Angosto se llamen “Sid y Nancy Anka, el matrimonio punk”, o “José Luis Perales, el fanático de los Redondos”; “Lito Novia, el pibe que fue a demasiados recitales”; “Baby y Echecopar, los enanos de jardín drogadictos”, “Alfio Basile, el conejo sodamaníaco con cáncer terminal”, “Charly Alberdi, el arquitecto peronista”, o el recurrente “Público boludo”, y que nunca nadie le haya posteado ni una queja. Nada: ni siquiera un pequeño bufido en un blog a cargo de una fan de Ricardo Arjona ofendida. “La verdad –dice, un poco resignado–, que algún boludo del rock se enoje no estaría tan mal.”
Pagina/12
04/01/09

16 de septiembre de 2008

Gustavo Sala en Página12

Viernes, 12 de Septiembre de 2008 - Pagina/12

GUSTAVO SALA, DIBUJANTE TITULAR DE FIERRO
“Mi estilo está en desarrollo”
Primero con Tiras para arriba y ahora con El baño, el dibujante que también publica en el Suplemento NO se hizo un lugar en el afecto de los lectores. “Lo que más me cuesta es saber qué quiero contar. Tanta libertad te puede volver loco”, dice.

Por Lautaro Ortiz

A poco de cumplir dos años de vida, quien se proponga hacer un balance de esta segunda y exitosa etapa de Fierro deberá tener en cuenta un dato nada anecdótico: Gustavo Sala (historietista, guionista, dibujante, músico y actor) es el único titular indiscutible de la revista de historietas que edita PáginaI12. Nunca lesionado, cumpliendo con las exigencias de entrega, adaptándose a los espacios, el marplatense nacido en 1973 se convirtió desde la primera edición de Fierro –en noviembre de 2006– en número puesto. ¿La razón? Nadie lo sabe bien, pero todos sospechan que en sus personajes y situaciones (en cuatro cuadritos por tira Sala puede mostrar todos los rostros del humor gráfico) ya logró convertirse en marca indeleble de la historieta argentina. Pero no sólo esa titularidad hizo de Sala un imprescindible entre los lectores (tanto lo reclamaban que abandonó el formato de Tiras para arriba para encarar una historieta de mayor aliento, El baño), sino además su tira semanal Bife Angosto (sale los jueves en el Suplemento NO) y sus apariciones en la revista Barcelona que son seguidas por varios fans internautas. Todo eso complotó para que Divinsky (Ediciones de La Flor) se convenciera de publicar el segundo libro de Sala, Bife Angosto, con prólogo de Leo Maslíah, uruguayo perplejo ante “el mundo descarnado y descacharrante” que propone el marplatense.

–¿Le gusta que definan su humor como absurdo?

–No estoy seguro, yo prefiero no definirlo. El término absurdo viene medio bastardeado, porque últimamente muchos creen que hacer algo “absurdo” es hacer cualquier cosa. En realidad es un poco así y un poco (bastante) no. Antes que absurdo, prefiero ser gracioso y contar algo.

–Consiguió lo que pocos: un estilo reconocible. ¿Cómo fue el proceso para llegar a que los lectores puedan decir sin temor a equivocarse “éste es Sala”?

–Cada dibujante sabe, en algún momento, qué cosas le salen mejor y para qué lado gráfico conviene ir. Con suerte, dedicación y laburo puede aparecer el “estilo”. En algunos casos aparece de pedo, espontáneamente. Otras veces sale a partir de las cosas que no sabemos dibujar o de las propias limitaciones. Doy ejemplos que se escuchan por la calle: “Miren, muchachos, ahí viene Gandulfo, ¡el dibujante que hace las dos manos izquierdas!”, o “¡Qué placer tener en este restorán a Balastro, el dibujante cuya figura humana es una mierda!”. Mi estilo está en pleno desarrollo, lo estoy alimentando con comida para vacas, se está poniendo gordo y fuerte. Ya van a ver cuando crezca...

–Y ese estilo también se alimenta de influencias.

–Sí, de muchos. De pendejo me volvía loco con Carlos Nine, después Robert Crumb, los dibujitos de Ren y Stimpy, El Niño Rodríguez, Dany The O, Pablo Fayó, Burns, Bagge y muchos otros. Pero hoy estoy a full con Mariano Grondona y Miguel Cantilo: ¡No se puede creer lo que dibujan esos hijos de puta!

–¿Cómo fue abandonar el formato tira (por pedido de los lectores de Fierro) y pensar una historia con mayor desarrollo como El baño?

–Muchas veces se me ocurren ideas que se pueden resolver en el espacio de una tira (unos cuatro cuadritos), es un formato lindo para trabajar, además es más fácil de publicar una tira en una revista, que una macrosaga de 700 páginas sobre la caída del Imperio Otomano. En un principio, cuando publicaba en Fierro Tiras para arriba, yo pensaba en historias de dos o tres páginas, pero terminaba usando las ideas para las tiras. Estoy mal acostumbrado a ese formato y me cuesta embarcarme en una historia larga. Me da mucha fiaca, quiero terminar lo antes posible para verlo impreso. El baño (la historia de un tipo que tiene ganas de cagar y nunca lo consigue) la pensé como una historieta unitaria y chau. Después surgió la idea de convertirla en serie. Lo que más me cuesta es saber qué carajo quiero contar. Tener tanta libertad te puede volver loco porque implica que tengan que suceder más cosas, que haya más personajes, situaciones y... contratar a Los Nocheros o Flaming Lips para que hagan la banda de sonido.

–Alguna vez comparó ese proceso con “pegar figuritas”. ¿Cómo es su forma de trabajo?

–Con El baño parto de una idea base y voy improvisando sobre la marcha, sabiendo de antemano con cuántas páginas cuento y hasta con cuántos cuadritos, pero sin saber cómo voy a terminar la historia. Si fuera un dibujante serio, bocetaría todo previamente y tendría todo calculado antes de empezar a trabajar con los originales, pero como no tengo paciencia empiezo derecho y que sea lo que dios quiera (cuando quiere). Este recurso loco y audaz termina haciéndome perder más tiempo que si hubiera tenido todo planificado y bocetado. Pero ya voy a aprender.

–¿Cuánto tiene que ver Humberto Miranda, dibujante que trabaja con usted poniéndole color a los trabajos?

–Es mi compañero de aventuras o mi esclavo, si se quiere. Siempre está y además se pone la camiseta. Nos juntamos en su casa, yo con los originales para Fierro, el suple NO o lo que sea y él pinta y... pone el agua para el mate. Se encarga de colorear mis páginas y enviarlas a los medios. Salen publicadas y todos felices. La magia de historieta... si es que existe.

–También trabaja de actor y guionista de espectáculos. ¿Cómo se complementan esas facetas?

–Sí, escribo los monólogos que forman parte de Afeitándose en Alemania, un espectáculo que hacemos los veranos con el actor Pablo Vasco. Y diría que el trabajo arriba del escenario se vincula bastante con el de dibujante, ya que muchas veces tengo que actuar los movimientos de los personajes antes de dibujarlos. A su vez, es totalmente distinto: arriba del escenario no hay tablero, lápices ni tinta china... por suerte, porque sería muy aburrido ir a un teatro a ver cómo un dibujante hace una página en vivo. ¿Cuánta gente puede llevar, por ejemplo, Horacio Altuna en el Maipo dirigido por Gerardo Sofovich?